Ya sé, quedó horrible. Vos te merecías más que esto, y me encantaría ser capaz de darte algo realmente bueno. Pobre de mí, hace ya tiempo que el fantasma de la mediocridad me persigue. Muchos de mis lienzos he tirado ya, algunos han sido encontrados y dan de qué hablar, pero siempre se enfocan en las mismas cosas. «Fue un acto aberrante». Perdón por ser poco ortodoxo, perdón por esperar a que vean más allá de lo superficial. «Sigue tu propia voz», «sé auténtico», luego resulta que si lo haces no te aceptan. Y por si fuera poco, cada buen trabajo que sale a la luz se lo atribuyen al narcotráfico, uno de tantos males que asolan a nuestra nación.
No los puedo culpar de todo, yo también he pecado de inconsistente. Es vital en este tipo de cosas el formar una identidad artística. He trabajado con niños, prostitutas, viejos, entre otros. No quería ser demasiado obvio y me terminé yendo al otro extremo.
Antes el mensaje era todo, quería que vieran la belleza incluso en el más profundo de los horrores. El tomar sus rostros, esa belleza labrada por los dioses, corromperla y dominarla. Mi meta era mostrarle al mundo hasta qué punto el dolor podía transformar sus facciones. Ideales de un amateur.
Al principio me creía un slayer. Merodeaba por las calles en busca de inspiración. La encontré en una bella y solitaria trabajadora nocturna. Semanas estuve sin poder sacármela de la cabeza. Horas pasaba observando el movimiento de sus cabellos frente al viento. Ella fue quien dio el primer paso, siendo honesto. Así que la llevé hacia mi auto, donde tenía una navaja guardada. Disfruté de sus servicios y cuando llegó el momento de la verdad, me puse nervioso. Ella me pedía el dinero, yo no lo encontraba, ella me gritaba, le decía que esperara; al final me cansé. Levanté mi puño, pero ella reaccionó antes, encajándome un rodillazo directo a la entrepierna, siguió con gas pimienta, me quitó la billetera y de puro sadismo me pateó en el suelo.
Regresé a mi departamento, humillado, pero no rendido. Empecé a hacer ejercicio, probé yoga y cambié de zona. El plan era simple: Yo, con un martillo bajo la manga, me acerco a la prostituta que se vea lo más vulnerable posible. Después vamos a un lugar tranquilo y en cuanto ella se voltea, le doy un golpe seco en el cráneo y una vez muerta ya podría empezar a trabajar con su cadáver, simple pero efectivo.
Una vez repasados los pasos, tal león me acerqué hacia mi objetivo, sigiloso, feroz y enfocado, tan enfocado que me choqué con un muchacho. Se me cayó mi martillo y a él una pistola. Titubeante le dije que no era lo que parecía, que era para defensa personal. Me calmó diciéndome que si yo no quería problemas, no los tendría, y lentamente se alejó sin quitarme la mirada. Temblando volví a mi hogar, de nuevo, con las manos vacías.
Me tomé un tiempo para descansar. La noche no era para mí, ni las armas blancas ni el gimnasio. Tenía que hacer un cambio; drogas, niños, armas de fuego, por ahí tenía la cabeza cuando un camión casi me la apaga de una vez por todas. Una vez pasado el shock, noté que el hombre que caminaba adelante de mí no gozó de tanta fortuna.
Eran las dos de la mañana, las casas dormían, el camión estaba fugitivo y al pobre diablo le quedaba un hilo de vida. Apenas podía contener mis gritos de alegría. Por fin el destino aceptaba lo inevitable de mi talento.
Me lo llevé a rastras, era pesado, mientras fantaseaba con todo lo que haríamos. Cuando recordé que agonizaba, entré en pánico, no podía morirse tan rápido. RCP, boca a boca, maniobra de Heimlich, nada sirvió. «Bueno, mensaje recibido, supongo que habrá que adaptarse» pensé.
Desde entonces me he dedicado a tomar los restos de toscos criminales para transformarlos en mis macabras mariposas, o eso me gustaría lograr. El descuartizar es más tedioso de lo que pensaba, ni hablar de despellejar. Además, todo tiene que estar fresco, si no las náuseas me lo hacen insoportable.
Por suerte, la ineptitud de la justicia me ha dado margen para mejorar, sin embargo, el tiempo pasa y yo ya no sé cómo innovar. Mira cómo has quedado. Es un delito el haber desperdiciado un rostro tan fino como el tuyo.
Quizás no tengo el talento, quizás pruebo con la escritura o la pintura, tengo material para inspirarme. No sé. ¿Vos qué me aconsejas?
Sí, debería dejar de hablarles cuando los entierro. No es bueno para mi salud mental.
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